Fui a mi primer concierto en septiembre de 2006 para ver a la banda mexicana Zoé en el Auditorio Nacional. Ese fue el principio de varios años siendo una ferviente asidua de los shows en vivo. La emoción era absoluta, la música lo era todo. Pero la pandemia resultó ser un punto de inflexión y, en el camino, dejé de ser una joven de veintitantos para comenzar los treinta. Ahora, incluso la experiencia de comprar boletos se ha vuelto una pesadilla.

Fui a mi primer concierto en septiembre de 2006 para ver a la banda mexicana Zoé en el Auditorio Nacional. Quizá, antes había ido a algún concierto, pero esa fue la primera vez que pude ir a ver a una banda que me gustaba y que era consciente de ello. El momento me hizo sentir éxtasis, emoción y una felicidad que no había experimentado antes. Ese fue el principio de varios años siendo una ferviente asidua de los shows en vivo.

No me puedo quejar. Hasta hoy, he podido ver en vivo a muchos de los artistas que más he admirado. He llorado, reído, gritado, cantado, saltado en cada uno de los conciertos, sé que la emoción es absoluta y es plena, pero ya he hablado mucho sobre el sentimiento que me evoca la música y los conciertos en este espacio. En algún momento de mi vida me quise dedicar al periodismo musical porque creía que mi empleo ideal sería ir a conciertos y reseñarlos.

De ese 2006 para acá han cambiado muchísimas cosas. Cuando escribí sobre cómo es que la música y los conciertos aliviaban mi corazón y mi alma, estábamos todavía en confinamiento. Para alguien cuya única personalidad fue ir a conciertos, la pandemia resultó ser un punto de inflexión y yo dejé de ser una joven de veintitantos para comenzar los treinta.

En términos de lo que es ahora la experiencia de comprar boletos, todo se ha vuelto una pesadilla. Empresas y empresarios saben muy bien cómo lucrar con el fanatismo de las personas y tienen estrategias, que dejaron de ser opacas, son completamente cínicas y caen en la estafa.

El pasado 22 de enero salieron a la venta los boletos para el concierto de uno de los miembros del fenómeno coreano, BTS. No acabaría si transcribiera la cantidad de videos, comentarios y publicaciones de fanáticas describiendo cómo las hizo sentir esta venta de boletos, desde “me va a dar un ataque de ansiedad” a “me enfermé”. Lamentablemente, esto no es una excepción, es la norma.

Cuando se reanudaron los eventos en vivo, muchas personas comenzaron a ser críticas respecto a lo ridículamente absurdo y engorroso que es comprar entradas para un concierto. Alguna vez, leí en una publicación en X (antes Twitter) a alguien que se planteaba si realmente valía la pena el estrés, la frustración y la ansiedad —considerando que a nuestra edad, tener altos niveles de cortisol nos daña la salud— por comprar un boleto. Mi yo de 2006 hubiera dicho sin chistar que sí, pero ahora que soy adulta me la pienso.

Sí, la música nos salva, nos alegra y nos alimenta. Ahí está la tan replicada cita de Nietzsche: “Sin música, la vida sería un error”, pero una y otra vez se nos olvida que vivimos en un sistema capitalista que mercantiliza todo, hasta el amor a la música. Acá los responsables tienen nombre y apellido, así que no quise dejar esto en un comentario en redes sociales y me puse a investigar y leer un poco sobre LiveNation y su filial Ticketmaster, enemigos número uno de todos los fans en el mundo. Este texto es tan largo de largo aliento, recomiendo leerlo por partes.

El problemático monopolio de Ticketmaster

Ticketmaster es una boletera que nació hace 30 años en Estados Unidos. Mientras que LiveNation es una empresa basada legalmente en Delaware, Estados Unidos —no quiero dejar de mencionar que el estado de Delaware tiene reputación de ser paraíso fiscal de empresas— que en 2009 se fusionó con Ticketmaster. La compra de Ticketmaster por LiveNation  le hizo ganar  cerca de 4.1 mil millones de dólares. Ambas empresas cotizan en la bolsa.

Algunos expertos valúan a LiveNation por 25 mil millones de dólares, aunque en su página oficial reportan que en el tercer trimestre de 2024, obtuvieron ganancias por 7.7 mil millones de dólares, ¿se imaginan cuántos boletos podríamos comprar con ese dinero que no alcanzamos ni a dimensionar?

La fusión de LiveNation y Ticketmaster fue una operación que se realizó con el visto bueno del Departamento de Justicia (DOJ) de Estados Unidos. Quince años después, esa misma instancia, en mayo de 2024 para ser exactos, interpuso una demanda a LiveNation y Ticketmaster por conductas ilegales y monopólicas de la industria del entretenimiento en vivo.

“Es hora de acabar con LiveNation-Ticketmaster”, declaraba el fiscal general Merrick B. Garland en un intento por disolver la sociedad entre estas dos empresas y afirmando que su conducta es anticompetitiva y que perjudica a consumidores, artistas, recintos y promotores independientes.

El negocio de LiveNation es redondo. No sólo se dedican a vender entradas, a través de Ticketmaster, realizan labores de promoción y representación de artistas. Asimismo, controlan los recintos, tan sólo en Estados Unidos, son los dueños de 256 salas, 60 de los 100 anfiteatros del país y, según lo que dice la demanda del Departamento de Justicia, generan al año 22 mil millones de dólares en el mundo. Si esto no es un monopolio, no sé qué es.

A pesar de que las autoridades estadounidenses reconocen que el control y poder de LiveNation-Ticketmaster es problemático y ha ocasionado numerosas quejas de fanáticos, las mismas senadoras y senadores saben que no están haciendo lo suficiente para frenarlos.

La demanda contra estas empresas por parte del DOJ fue considerada como uno de los casos antimonopolio más importantes de las últimas décadas. Para que se den una idea, demandas similares han sido interpuestas a compañías como Apple, Microsoft y Meta que también han sido acaparadoras y se han encargado de deshacerse de la competencia.

Se estima que, en promedio, el precio para los 10 conciertos más demandados en el mundo (no hace falta mencionar de qué artistas porque los conocemos) ha subido un 26% en los últimos 5 años. El aumento está supeditado no sólo al costo neto del boleto, sino también a recargos y tasas ocultas.

LiveNation se ha deslindado de este problema argumentando que ellos sólo se quedan con dos tercios del costo de los boletos, que, según ellos, cubren los costos operativos de los conciertos. Es más, LiveNation asegura que son los artistas quienes fijan el precio de las entradas.

¿Quién es responsable de los precios exorbitantes de los conciertos? De acuerdo con el Departamento de Justicia, el modelo de negocio de LiveNation tiene en las cuerdas a los artistas, principalmente a aquellos independientes.

Si eres un artista que quiere presentarse en vivo para sus fans, la única oportunidad para hacerlo es en los venues que son propiedad de LiveNation. Al aceptar, LiveNation te obliga a firmar un acuerdo de promoción exclusivo. Los tickets únicamente serán vendidos por su boletera, Ticketmaster, y estarás sujeto a todo su aparato de promoción. Este sistema, que se convierte en un ciclo sin fin, es el que denunció el DOJ en la demanda.

Pero, ¿será que los artistas no pueden hacer nada?

Los artistas no saben, no dicen, no actúan 

Una de las situaciones que más me molesta de todo el asunto de Ticketmaster es que los artistas no actúen y, sobre todo, no digan nada. Ahí es donde se cae la estela de admiración por estas personas, algunas que iniciaron con casi nada o vienen de clase trabajadora.

Ya sé que me estoy contradiciendo porque anteriormente escribí sobre por qué no le podemos exigir a los artistas que se anden posicionando sobre temas sociales, políticos y económicos que, mayoritariamente, ignoran, pero esta es la industria en la que trabajan. Entiendo que en la cadena de suministro de la industria musical, ellos, probablemente, sean el último eslabón. Digamos que son los peones o los oficinistas de toda la empresa, pero a diferencia de los peones y oficinistas, los artistas sí tienen influencia —que no poder, no realmente— pero podrían hacer incidencia.

Han habido casos de músicos que se han posicionado en contra de LiveNation y Ticketmaster. No son la regla y, debido a los contratos ventajosos y la infraestructura que necesitan sus espectáculos, muy pocos toman acciones contra estas dos empresas, pero algunos de estos casos han ayudado a que Ticketmaster no abuse, tanto, de los consumidores.

“La venta y los precios está en manos de los promotores y representantes”

Después de 15 años separados y, con las súplicas de miles de fans,  Oasis anunció su regreso el año pasado (2024). A la par del acontecimiento que representó que los hermanos Gallagher se “reconciliaran”, se le sumaron conciertos en el Reino Unido para el verano de este año. El 1 de septiembre salieron a la venta los boletos para su concierto en el estado Wembley en Londres y el resultado fue desastroso.

Algunos medios reportaron que más de 10 millones de fans de 158 países intentaron adquirir boletos y, por supuesto, para sorpresa de nadie el sistema de Ticketmaster colapsó. Fanáticos expresaron que habían esperado horas en la fila para comprar boletos y después recibían un mensaje que decía que su cuenta había sido suspendida. Pero no fue sólo un sistema obsoleto y mal organizado el que desató la furia de los fans, si no la llamada tarifa dinámica que disparó los precios de 148 libras esterlinas (aproximadamente 185 USD/ 3,774 MXN) a casi 355 libras esterlinas (aproximadamente 437 USD/ 8,925 MXN).

Seguramente, algunos de ustedes ya estarán familiarizados con la tarifa dinámica porque es el mismo recurso abusivo que utilizan aplicaciones como Uber. Para quienes no estén al tanto, la tarifa dinámica es un sistema basado en la demanda que tiene un evento y fue introducido por Ticketmaster en el 2022 para, supuestamente, combatir el problema de los revendedores y que los artistas recibieran más dinero.

Para la venta de Oasis, los precios de las entradas subían y bajaban en función de un algoritmo que evaluaba la demanda, haciendo que el precio subiera hasta 200 libras más de su costo original. La oleada de quejas, enojo y frustración estaba completamente justificada y ocasionó que la Autoridad de Competencia y Mercados del Reino Unido (CMA, por sus siglas en inglés) iniciara una investigación formal contra Ticketmaster.

La Autoridad de Normas Publicitarias (ASA, por sus siglas en inglés) también recibió 450 quejas sobre los anuncios de Ticketmaster para los conciertos de Oasis. Un funcionario de la institución declaró que los denunciantes argumentaron haber recibido afirmaciones engañosas sobre la disponibilidad y los precios de los tickets.

La tarifa dinámica no es ilegal, aunque debería, pero la CMA concentró su investigación en determinar si los compradores recibieron información clara y oportuna sobre los precios dinámicos, cosa que no sucedió porque, como vimos en redes sociales, las personas se quejaban de que no sabían que los boletos aumentarían de la forma en la que lo hicieron.

La venta de boletos para Oasis también levantó las alertas en la Comisión Europea para revisar y estudiar el caso de los precios dinámicos para las entradas de espectáculos en vivo. Esta iniciativa la evaluaron parlamentarios de Bruselas y, en entrevista para el medio británico The Guardian, la eurodiputada, Lara Wolters, declaró que quería nuevas leyes para proteger a los consumidores europeos contra la inflación de los precios de las entradas.

Tras el fiasco, cuando Oasis abrió fechas para Norteamérica, el proceso de compra implicaba un prerregistro para poder participar en un sorteo y obtener un código para acceder a la venta. Ante las quejas y el revuelo que causó todo el asunto, Oasis respondió que habían hablado con la empresa para llegar a acuerdos y evitar contratiempos, pero no fue suficiente y agregaron que “es necesario aclarar que Oasis deja las decisiones sobre la venta de entradas en manos de sus promotores y representantes”.

En este caso, el enojo de los fans instó a las autoridades competentes a que iniciaran investigaciones contra Ticketmaster.

“Pregunté varias veces si podían con este tipo de demanda y me aseguraron que  podían”

Un año antes de la venta de boletos de Oasis, Ticketmaster ya había hecho enojar a otros fans. Parece increíble, pero LiveNation y Ticketmaster tienen tanto poder que con la mano en la cintura pueden hacer rabiar a uno de los fandoms más intensos y grandes del mundo: los swifties.

Todo comenzó el 17 de marzo del 2023, cuando salieron a la venta los boletos del Eras Tour, la gira más grande y ambiciosa de Taylor Swift. Las historias se cuentan de a montón sobre la travesía de dimensiones bíblicas para conseguir entradas para ver a la cantante. En las redes se podían leer los testimonios de swifties relatando el martirio que fue esa venta de boletos.

Desde fans que esperaron más de ocho horas en la fila sin conseguir entradas. Así como gente que afirmaba que Ticketmaster había liberado muchos más códigos (exclusivos para fans) sabiendo que no iban a satisfacer la demanda. El sistema también colapsó de tal forma que Ticketmaster tuvo que cancelar la venta general porque los boletos se habían agotado antes en preventa. Esto tampoco frenó la reventa, y aparentemente, unas horas después de haberse liberado los boletos, ya había ofertas para venderlos en hasta 22 mil dólares en sitios como StubHub.

Algunos fans de Taylor Swift se organizaron y se dirigieron a una corte en Los Ángeles con una demanda que exigía que Ticketmaster les diera, por lo menos, 2,500 dólares a cada uno por daños y perjuicios. La demanda fue desechada, pero obligó a que se tomaran otras acciones que evidenciaron los abusos de la compañía.

La venta de boletos para Taylor Swift  hizo que LiveNation acudiera a una audiencia del comité judicial del Senado, donde, por supuesto, se deslindaron de responsabilidades. Circulan varios videos de esa audiencia, donde representantes de LiveNation usan frases de canciones de Taylor Swift para responder a las interrogantes de los senadores y senadoras.

En la demanda de fans hacia Ticketmaster, se afirmaba que Taylor Swift “no tiene otra opción” más que la de trabajar con la boletera debido al tamaño de su base de seguidores, recordemos que LiveNation-Ticketmaster es dueña y/o controla una gran cantidad de recintos en Estados Unidos y en otros países.

Ticketmaster se disculpó con la artista y con los fans por el pobre desempeño de su plataforma y la horrible experiencia que representó para los seguidores de la cantante. En respuesta, Taylor Swift subió una historia a Instagram donde decía: “Varias veces se les preguntó (a Ticketmaster) si podían manejar este tipo de demanda y nos aseguraron que podían”.

En el estado de Minnesota se promulgó la “Ley Taylor Swift” que obliga a Ticketmaster y otros organizadores de eventos a prohibir que revendedores clonen boletos e informar a los consumidores sobre los recargos totales por las entradas que adquieren.

Una vez más, son los fans quienes se organizaron y denunciaron los abusos.

“Estoy tan enojado como ustedes por las tarifas de Ticketmaster”

El mismo año del desastre de los boletos para Taylor Swift, otro artista expresó su reclamo contra Ticketmaster. La banda británica The Cure anunció una gira por Estados Unidos que iniciaría en mayo y junio para presentar su nuevo álbum tras 16 años de no haber lanzado música nueva.

La banda deseaba que sus fans pudieran adquirir boletos para sus shows a un precio asequible, por lo que negoció con Ticketmaster varias acciones para asegurarse de ello. La primera, era que las tarifas de sus boletos serían razonables, los tickets más baratos costarían 20 dólares (525 MXN); la segunda, los boletos serían intransferibles para evitar la reventa y la tercera era que no habría boleto platino para evitar el aumento de precios y, además, sólo se podría acceder a la venta a través de un registro de Fan Verificado.

Con todo y estas medidas, Ticketmaster hizo de las suyas. Como la empresa no pudo implementar sus tramposas estrategias para vender entradas, aumentó al precio de los boletos tarifas adicionales por servicio o procesamiento. De esta forma, si un boleto costaba 40 dólares (840 MXN), se le añadía 46.60 dólares, por cargo por servicio y 5.50 dólares por “orden de procesamiento”, lo que resultaba en que el costo total de un boleto de 40 dólares fuera de 92 dólares (1,932 MXN), es decir, aumentó un 130%.

Los fans se enojaron y comenzaron a quejarse a través de redes sociales, escribiéndole a la banda sobre la situación. Robert Smith, el vocalista de la banda, escribió en redes sociales: “Estoy tan asqueado como ustedes por las tarifas de Ticketmaster […] Para ser claro, el artista no tiene poder para controlar esto”.

Sin embargo, la banda y Ticketmaster hablaron y llegaron al acuerdo de que las personas que habían comprado los boletos más económicos recibirían una compensación de 10 dólares y el resto de 5 dólares. De acuerdo con la congresista estadounidense, Amy Klobuchar, las comisiones y tarifas de la venta de boletos representan el 27% del costo de la entrada e, incluso, pueden llegar a representar el 75% del costo total.

Robert Smith aclaró que ellos no tenían el control sobre el precio de las entradas o las tarifas; sin embargo, su determinación e indignación pública logró el reembolso a los fans por los costos absurdos de un mal servicio de venta de boletos.

“Si Pearl Jam no pudo hacerlo, ¿quién puede?”

El caso más sonado contra Ticketmaster fue el que emprendió la banda de Seattle, Pearl Jam. Para mí, es el caso más emblemático, porque si los artistas son, para la industria de la música, los peones u oficinistas, este fue el ejemplo de lo que sucede cuando el peón se le rebela al jefe.

Era la década de los noventa, la piratería era un problema para las grandes compañías discográficas. Aquí hay que hacer una aclaración que, seguramente, todo el mundo sabe: los músicos ganan poco o nada por la grabación de sus discos, como ahora ganan poco o nada por los streamings de sus canciones o discos en plataformas digitales. Las reproducciones de su música en Spotify les hacen ganar popularidad y viralidad, mas no dinero contante y sonante.

En 1994, Pearl Jam quería hacer una gira por Estados Unidos, en un año donde su popularidad había crecido gracias a su disco Vs. La banda, igual que The Cure, no quería precios elevados para los boletos de sus conciertos, deseaban que costaran máximo 18.50 dólares (lo que hoy aproximadamente serían 388 MXN y, en su momento representaban, 61 MXN al tipo de cambio de mayo de 1994) y con un costo de servicio de no más de 1.80 dólares. Ticketmaster dijo que no, que necesitaban, al menos, 2 dólares en tarifas para cubrir los costos de producción.

Esto llevó a la banda a demandar a la compañía, en mayo de 1994, ante el Departamento de Justicia —sí, el mismo organismo que el año pasado demandó a Ticketmaster y LiveNation por prácticas monopólicas— argumentando que crearon un monopolio al absorber a Ticketron, su principal competidor en 1991.

La justicia no estuvo de su lado, la investigación federal se desechó y Pearl Jam tuvo que cancelar su gira por el juicio. No sólo eso, también tuvieron que vender los boletos de sus giras posteriores a través de Ticketmaster. Durante el juicio, el guitarrista de la banda, Stone Gossard, declaró: “Nuestra banda está decidida a mantener los precios bajos de las entradas, siempre estará en conflicto con Ticketmaster”.

Se dice que año después de la disputa, durante una fiesta posterior a la ceremonia del Salón de la Fama del Rock & Roll, sentaron en mesas contiguas a la banda con la de ejecutivos de Ticketmaster, a lo que el vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder,  dijo: “Predigo una pelea al final de la noche, recomendaría que la gente con clase se vaya o se una, ¡tal vez deberíamos unirnos, mientras los tenemos aquí!”.

“Tal vez deberíamos unirnos, mientras los tenemos aquí” es lo que falta en la industria del entretenimiento. De acuerdo con el fiscal general adjunto para dirigir la división antimonopolio del Departamento de Justicia, Jonathan Kanter, en una entrevista para un artículo largo, pero muy interesante sobre Ticketmaster para Rolling Stone, dijo que ha sido un reto conseguir que artistas, propietarios de recintos y promotores se manifiesten sobre estas cuestiones. El silencio también es cómplice de este sistema y los artistas están amordazados.

A pesar de la mordaza, algunos artistas se han posicionado al respecto y expresado su descontento con los hilarantes precios para ir a un concierto. En 1993, durante una entrevista Kurt Cobain se enteró cuánto costaban las entradas para ver a Madonna, quien, por cierto, fue una de las primeras artistas promovidas por LiveNation, y creo que todos podemos reflejarnos en su reacción.

Probablemente, la entrada del segundo mandato de Donald Trump detenga los pocos avances que hay respecto a la discusión o investigaciones del monopolio de LiveNation y Ticketmaster en Estados Unidos. Sabemos que no es algo que le interese y que sus mejores amigos y financiadores son los billonarios.

Desde la mirada de…

Daniela Caballero

Comunicación Social — Periodismo Cultural