¿Puede el fútbol ser realmente neutral? En esta reflexión analizamos cómo el Mundial 2026, la FIFA y las grandes estrellas del deporte se cruzan con la política, el poder y la conciencia social.

El fútbol es, quizá, la forma más bella de comunión popular que ha inventado la sociedad contemporánea. No exige hablar el mismo idioma, ni tener la misma religión, ni compartir bandera, ni coincidir ideológicamente. Basta una pelota, dos porterías y la pasión compartida para que millones de personas, de geografías y clases sociales distintas, coincidan en una misma vibración colectiva.

Por eso duele ver cómo ese deporte universal ha sido secuestrado una y otra vez por las élites políticas, económicas y mediáticas.

El fútbol nace desde abajo, en la calle, en el baldío, en la escuela pública, en el barrio y en la cancha de tierra. Pero el Mundial, su máxima celebración, se administra desde arriba: por gobiernos, corporaciones, federaciones, marcas, contratos televisivos, fondos soberanos y organismos supranacionales que aprendieron a convertir la emoción popular en propaganda, legitimidad y negocio.

El Mundial 2026, organizado por Estados Unidos, Canadá y México, vuelve a poner sobre la mesa cuestionamientos incómodos: ¿A quién le pertenece el fútbol? ¿Al pueblo que lo juega y lo siente, o a las estructuras que lo empaquetan, lo venden y lo usan para lavar imágenes políticas y de las grandes corporaciones?

Para entrar en materia, plantearía una pregunta más simbólica: ¿por qué no hay un Maradona en este Mundial?

No se trata de buscar otro diez zurdo, habilidoso o genio impredecible en la cancha. Se trata de preguntarnos por qué, en un momento marcado por guerras, genocidio, autoritarismos, migraciones forzadas, desigualdad y cinismo diplomático, las grandes estrellas del fútbol mundial parecen haber optado por una neutralidad cuidadosamente administrada.

La neutralidad no es equilibrio para estos personajes. Es una forma elegante de tomar partido sin pagar el costo de aceptarlo.

El Mundial como propaganda

La relación perversa entre fútbol y política no empezó ayer. Desde sus primeras ediciones, la Copa del Mundo fue entendida por gobiernos y élites como algo más que una gesta deportiva; era una herramienta de propaganda al servicio del poder político, militar y económico. Veamos un breve resumen de algunos de los eventos más destacados de la geopolítica relacionada con los mundiales de fútbol:

Mundial Contexto geopolítico
Italia 1934 Se desarrolló bajo el régimen fascista de Benito Mussolini, quien utilizó el torneo para legitimar su gobierno y proyectar al fascismo como una fuerza moderna, disciplinada, victoriosa y nacionalmente cohesionada.
Francia 1938 Marcado por el anexionismo nazi, ya que Austria no pudo participar tras su anexión por Alemania; el futbolista Matthias Sindelar murió poco después de negarse a jugar para la selección alemana.
Inglaterra 1966 Quince selecciones africanas se retiraron del proceso clasificatorio porque FIFA no garantizaba una plaza directa para África. En plena época de descolonización, el fútbol reproducía jerarquías coloniales.
Alemania 1974 Tras el golpe militar contra Salvador Allende, el Estadio Nacional de Santiago fue utilizado como centro de detención. La Unión Soviética se negó a jugar ahí el repechaje mundialista, pero la FIFA permitió que el partido siguiera adelante. Chile salió a la cancha sin rival, anotó un gol en una portería vacía y clasificó al Mundial.
Argentina 1978 La dictadura militar argentina organizó y ganó el Mundial mientras miles de personas eran perseguidas, torturadas, desaparecidas o asesinadas.
México 1986 Maradona politizó el fútbol. El partido de cuartos de final entre Argentina e Inglaterra no fue solo un juego, fue una revancha simbólica tras la guerra de las Malvinas. La “Mano de Dios” y el “Gol del Siglo” condensaron, en cuatro minutos, una emoción nacional que excedía el deporte.

El Mundial nunca ha sido políticamente neutral. Lo que cambia es el discurso detrás del juego. Antes se hablaba de patria, raza, disciplina o revolución nacional. Hoy se habla de inclusión, diversidad, innovación, sustentabilidad, identidad y legado. Pero en el fondo, la pregunta importante es: ¿qué poder se legitima cuando el mundo mira la pelota correr en el cesped?

FIFA: el poder que no es Estado, pero negocia para legitimar imperios

FIFA no es un Estado. No tiene ejército, territorio soberano ni ciudadanía. Pero actúa como un poder supraestatal capaz de condicionar gobiernos, imponer reglas comerciales, negociar privilegios fiscales y convertir países enteros en plataformas temporales de su marca global.

El Mundial 2026 nació manchado de cinismo. Desde que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, le entregó a Donald Trump la “medalla de la paz” en diciembre de 2025, se dejó ver la postura y el tono político de la propaganda mundialista. El hecho es que el máximo responsable de una organización supuestamente apolítica le entrega un premio inventado a un líder político imperial, ultraderechista, que ha cometido todo tipo de atropellos al derecho internacional y que ha financiado la ocupación en Gaza, siendo cómplice del sionismo israelí en uno de los genocidios más atroces de lo que va del siglo. Nada nuevo: la FIFA es una institución derechizada que se mantiene en la ideología fascista de Mussolini.

Más allá de la propaganda, en los hechos, la FIFA suspendió de toda competición internacional a Rusia por la guerra con Ucrania. Sin embargo, permitió que la selección de Israel compitiera en las eliminatorias europeas a pesar de sus intervenciones militares contra Líbano y Gaza. Y qué decir de la selección de EE.UU., la cual debería estar suspendida (igual que Rusia) por la guerra en contra de Irán. No obstante, en pleno torneo mundialista, EE.UU. no permitió que la selección de Irán pudiera permanecer en territorio estadounidense a pesar de tener partidos programados en sedes de dicho país.

Mientras esta nota es escrita, la selección de Irán ha quedado eliminada del torneo porque le anularon injustamente un gol que significaba la victoria en el partido contra Egipto y que los hubiera calificado a la siguiente ronda. La FIFA está haciendo el trabajo encomendado por Trump, pero, ¿a cambio de qué?, de seguir acumulando poder económico.

El Mundial 2026 es la expresión más ambiciosa de ese poder. Por primera vez participan 48 selecciones y se disputan 104 partidos. La expansión se presenta como democratización deportiva e inclusión. Pero en realidad significa más “inventario” comercial, más derechos televisivos, más boletos, más patrocinios, más hospitalidad, más información, más consumo y más dinero. FIFA proyecta ingresos récord por USD 13,000 millones para el ciclo 2023-2026.

La fiesta popular se convierte en una maquinaria financiera. Vale la pena aclarar que el problema no es que el fútbol genere dinero; el problema es que el dinero termine definiendo quién accede a la fiesta. El caso de los precios estratosféricos para entrar a un estadio es revelador. FIFA implementó precios dinámicos para la venta de boletos, una lógica similar a la de aerolíneas y algunas plataformas digitales donde el precio fluctúa según demanda, disponibilidad y atractivo del partido. Algunos lo podemos ver como una excelente estrategia de mercado, pero, por otra parte, en la práctica, es una forma de expulsar a las clases populares del estadio.

La FIFA habla de unión, alegría y hermandad en la afición, pero sus acciones se parecen más a las de una oligarquía global que administra la pasión de muchos para beneficio de pocos; habla de inclusión mientras encarece el acceso al espectáculo; proclama neutralidad mientras premia a jefes de Estado; promueve campañas contra la discriminación mientras tolera los abusos de los poderes que financian su negocio.

Columnas de humo se elevan sobre Teherán tras un ataque israelí reportado en junio de 2025.

Humo e incendios visibles en el depósito petrolero de Sharan, en Teherán, tras un ataque israelí reportado el 15 de junio de 2025. Fotografía: Majud Asgaripour/WANA (West Asia News Agency) vía Reuters.

Maradona: el santo profano que no cabía en la foto oficial

Diego Armando Maradona fue una contradicción viviente. No fue un santo. No fue un ejemplo moral. Fue excesivo, caótico, vulnerable, arrogante, contestatario, autodestructivo, genial y un enorme activista político. Precisamente por eso fue tan incómodo.

Maradona nació en Villa Fiorito, en la periferia pobre de Buenos Aires. Su fútbol no venía de la academia ni del privilegio, sino del potrero (o el llano, como se le llama en México). Era el representante del fútbol de barrio convertido en arte, como lo atestiguan las calles de Nápoles. Su grandeza no consistía solo en gambetear rivales, sino en representar una posibilidad imposible: que el niño pobre, moreno, pequeño y desobediente pudiera desafiar al mundo entero. Por eso Maradona fue más que un futbolista con identidad plebeya; fue el sur global con botines, fue la rabia del barrio convertida en protesta.

Su postura política fue contundente y clara; se denominaba antiimperialista. Se vinculó con Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales como figuras políticas latinoamericanas opuestas al dominio de Estados Unidos. Maradona tenía algo que hoy parece casi extinto entre los grandes ídolos globales: la disposición a incomodar al poder. El popularmente llamado “D10S” no jugaba con la neutralidad. Tomaba partido.

¿Por qué se fue Diego sin dejarnos un heredero de su grandeza?

Lionel Messi representa la neutralidad rentable. Es quizá el futbolista más admirado del planeta, pero su figura pública, fuera de la cancha, ha sido despolitizada. Messi emociona sin amenazar al poder. Puede ser imagen de Adidas, Apple, la MLS, el turismo saudí y de la FIFA sin correr el riesgo de un desplante de consciencia. Su silencio lo hace universalmente vendible, igual que Pelé durante los años de la Guerra Fría, pero en tiempos de disputa geopolítica, el silencio deja de ser neutral. Su visita a la Casa Blanca en marzo de 2026 junto con su equipo, el Inter Miami, en medio de la guerra de Estados Unidos contra Irán, no prueba que Messi apoye esa guerra, pero sí coloca su imagen dentro de una escena de legitimación política. La foto con Trump y aplaudir su discurso bélico deja clara su postura. El gesto importa. El silencio también comunica.

Cristiano Ronaldo representa otro tipo de integración al poder. Su vínculo con Arabia Saudita y su presencia en la Casa Blanca en noviembre de 2025 junto a Donald Trump y Mohammed bin Salmán no fue una visita cualquiera; fue parte de una escenografía diplomática donde Estados Unidos, Arabia Saudita (que será sede del Mundial 2034), el petróleo, las armas y el fútbol se cruzan. Ronaldo no necesita pronunciar un discurso político para cumplir una función propagandística. Su sola presencia ayuda a presentar el proyecto saudí como moderno, atractivo, exitoso y deseable. No olvidemos que CR7 es el deportista con más seguidores en redes sociales en este momento.

Kylian Mbappé es un caso más complejo. A diferencia de Messi y Ronaldo, ha mostrado mayor conciencia sobre el uso de su imagen. Se ha opuesto a que su rostro quede asociado automáticamente con ciertas marcas y ha intervenido en debates políticos franceses con una postura en contra de la extrema derecha. Mbappé representa una Francia multicultural, urbana y poscolonial que incomoda a ciertos sectores nacionalistas. Sin embargo, Mbappé no escapa a los grandes poderes del fútbol contemporáneo. Puede tener gestos de autonomía, pero sigue moviéndose dentro de una arquitectura contractual que captura cualquier rebeldía antes de que se vuelva amenaza.

Messi, Ronaldo y Mbappé pertenecen al mundo de la marca global. Sus carreras están protegidas por contratos, asesores, patrocinadores, federaciones, plataformas y estrategias reputacionales. Cada palabra tiene costo. Cada gesto se calcula. Cada silencio legitimiza.

Y mientras tanto, el mundo arde.

Gaza es el escenario de un cruel genocidio cometido por autoridades y fuerzas israelíes, financiados y apoyados por Estados Unidos militar y diplomáticamente. La guerra contra Irán no termina a pesar de los acuerdos diplomáticos. En lo futbolístico, el descarado robo perpetrado por el VAR para eliminar de la competencia a la selección de Irán deja en evidencia que la FIFA no vacila en pisotear el juego limpio con tal de mantener contento al imperio.

Entonces la pregunta es: ¿dónde están los futbolistas, cuál es su postura ante las evidentes injusticias sociales y futbolísticas?

No todos tienen que ser militantes. No todos deben hablar como Maradona. No todos tienen la misma historia, la misma conciencia o la misma valentía. Pero cuando las grandes estrellas aceptan posar con los poderes que producen o sostienen guerras, ocupaciones, bloqueos, negocios extractivos y trampa en el juego, su neutralidad se vuelve complicidad.

¿Por qué no hay un Maradona en este Mundial?

Porque la FIFA sabe cómo domesticar a los ídolos antes de que se conviertan en herejes y las estrellas actuales son marcas antes que sujetos políticos. La FIFA, los clubes, los patrocinadores y los gobiernos entendieron que el jugador global debe emocionar, pero no convocar; inspirar, pero no denunciar; sonreír, pero no señalar; unir, pero no politizar. El mercado tolera la diversidad estética, pero no la disidencia real. Se puede celebrar la inclusión mientras se excluye al pobre del estadio. Se puede condenar el racismo con campañas oficiales mientras se evita hablar de imperialismo, colonialismo, apartheid, genocidio o guerra. Porque la industria acepta al futbolista solidario, ecológico o motivacional, siempre que no cuestione las estructuras del negocio que pagan el espectáculo.

Maradona no cabe en este Mundial porque este Mundial necesita ídolos higiénicos, es decir, jugadores emocionalmente intensos, comercialmente rentables y políticamente administrables. El problema no es que Messi, Cristiano o Mbappé no sean Maradona. Nadie lo es, ni lo será. El problema es que el ecosistema actual parece diseñado para impedir que vuelva a existir alguien así. Alguien que entienda que el fútbol no solo se juega con los pies, sino también con memoria y consciencia. Alguien que sepa que la pasión sin conciencia puede convertirse en anestesia. Alguien que recuerde que “la pelota no se mancha”.

Los aficionados que sienten una profunda contradicción entre la pasión por el fútbol y la conciencia social se preguntan si deben dejar de ver el Mundial. Tal vez no. Tal vez sería injusto abandonar una de las pocas alegrías verdaderamente populares que nos quedan. Pero, ¿podemos seguir viéndolo sin mirar lo que ocurre alrededor?

El fútbol sigue siendo bello. Pero la belleza, cuando se arrodilla ante el poder, también puede volverse propaganda.

Y en este Mundial, más que nunca, la neutralidad toma partido.

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Desde la mirada de…

Ricardo Guadarrama

Estratega Comercial (FMCG & Retail) — Paxia