¿Estado o mercado? La historia reciente demuestra que ninguno puedo prosperar de forma aislada. A través de la Guerra Fría, la caída de la URSS y el auge del capitalismo global, esta primera parte explora cómo ambas fuerzas han moldeado el desarrollo económico y social del mundo moderno.

Dos maneras de organizar el mundo

En 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial, pero no llegó exactamente la paz.

Japón había sido derrotado con rudeza innecesaria por parte de Estados Unidos, quien detonó dos bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto respectivamente; la mayoría de las víctimas fueron civiles y muchas muertes ocurrieron días, meses o años después debido a quemaduras graves, heridas y enfermedades por radiación como el cáncer y la leucemia. Europa estaba devastada. Los viejos imperios europeos quedaron a merced de dos potencias que emergían con una capacidad económica, militar y política extraordinaria: Estados Unidos y la Unión Soviética.

Ambas potencias habían combatido del mismo lado contra la Alemania nazi, pero aquella alianza respondía más a la existencia de un enemigo común que a una coincidencia sobre cómo debía organizarse el mundo. Apenas desapareció Hitler, quedaron frente a frente dos proyectos políticos y económicos profundamente diferentes.

Estados Unidos representaba el capitalismo liberal de mercado con enfoque en la propiedad privada, el corporativismo empresarial, la libre competencia, la acumulación de capital y una economía en la que el mercado debía desempeñar un papel fundamental para decidir qué producir, cuánto producir y a qué precio. Su narrativa política colocaba en primer plano la libertad individual, la propiedad privada y la democracia representativa.

La Unión Soviética proponía otro camino. Inspirada en el marxismo-leninismo, colocaba los principales medios de producción bajo propiedad y planificación estatal. La promesa era sustituir la competencia capitalista y la apropiación privada de la generación de riqueza (plusvalía) por una organización económica orientada colectivamente, reducir las diferencias de clase y poner los recursos estratégicos al servicio de objetivos definidos por el Estado. La URSS se organizó como un Estado de partido único, extraordinariamente centralizado, en el que el Partido Comunista concentraba el poder, restringía severamente la oposición política y subordinaba buena parte de la vida económica y social a los planes estatales.

Así quedaron enfrentadas dos maneras de entender la relación entre sociedad, Estado y economía:

  • Estados Unidos impulsando ideas de propiedad privada, libre mercado, competencia empresarial y pluralismo político.
  • La Unión Soviética proponiendo lo contrario: propiedad estatal, planificación económica y concentración política.

La llamada Guerra Fría convirtió esta contradicción política en una competencia mundial que duraría más de cuatro décadas. No fue sólo una carrera armamentista. Ambos modelos pretendían demostrar cuál podía generar más crecimiento, avance científico y tecnológico, influencia internacional y, sobre todo, mejores condiciones de vida para su población. En el fondo, la disputa ideológica era una cuestión que todavía hoy no hemos terminado de superar:

¿Qué debe regular el Estado y qué debe dejarse a la dinámica del mercado?

Contexto clave

Tren de alta velocidad atraviesa una plantación de té en Yan'an, provincia de Sichuan, China.

Un tren de alta velocidad atraviesa una plantación de té en Yan’an, provincia de Sichuan, China, el 12 de abril de 2023. Foto: Liu Guoxing/VCG/Getty Images (vía CNN Travel).

En una simbiosis genuina, las partes no se limitan ni se frenan; se correlacionan, se nutren mutuamente y evolucionan juntas. Estado y mercado no son dos entes separados, sino dos funciones entrelazadas de un mismo sistema social.

Para analizar cómo “debería” darse esta simbiosis, propongo un marco de cinco pilares interconectados:

  1. Co creación institucional (el ADN compartido). El mercado no es un fenómeno natural que emerge espontáneamente; es una construcción jurídica y política avalada por el Estado. Sin el Estado, no hay moneda estable, ni definición de propiedad privada, ni tribunales que ejecuten contratos. Pero el Estado, a su vez, no puede diseñar estas reglas en una torre de marfil. La simbiosis ideal exige que el Estado incorpore la inteligencia del mercado al diseñar las normas del juego para los sectores productivos y, al mismo tiempo, el mercado internalice las normas estatales como el sistema operativo que hace posible su existencia. La regla debe ser moldeada por la práctica, y la práctica debe estar habilitada por la regla.
  2. Flujo metabólico de recursos (nutrición circular). La relación debe operar como el metabolismo: el mercado genera la riqueza fiscal (impuestos) que alimenta al Estado. El Estado convierte esa riqueza en bienes públicos esenciales (infraestructura, educación, sanidad, energía, ciencia, tecnología, redes de transporte y digitales). Esa inversión pública representa la base que impulsa las dinámicas del mercado; es el fertilizante que incrementa la productividad del mercado (capital humano calificado, logística eficiente y fronteras tecnológicas ampliadas). Una mayor productividad genera más riqueza, lo que a su vez amplía la base fiscal sin necesidad de subir impuestos. La simbiosis falla cuando este flujo se rompe, el mercado evasor defrauda al Estado o el Estado ineficiente dilapida la riqueza.
  3. Estrategia central con ejecución distribuida (cerebro y sistema nervioso). Aquí radica la división inteligente del trabajo. El Estado debe asumir la visión de largo plazo y la coordinación de los grandes desafíos colectivos que el mercado, por su naturaleza cortoplacista, ignora: la transición energética, la adaptación al cambio climático, la soberanía tecnológica o la cohesión territorial. El Estado fija el rumbo y el mercado asume la ejecución táctica y la experimentación. Con definiciones claras, las empresas compiten, innovan y generan riqueza, mientras que el Estado consolida los grandes objetivos de inversión para el bienestar colectivo.
  4. Gestión dual del riesgo (inmunización y resiliencia). Los riesgos los asume cada parte según su naturaleza:
    • El mercado asume los riesgos microeconómicos cotidianos: la quiebra de una empresa, el éxito o fracaso de un producto, la variabilidad de precios. Esto disciplina y premia la eficiencia.
    • El Estado asume los riesgos sistémicos y existenciales que ningún agente privado puede cubrir: una pandemia, un colapso financiero generalizado o un fenómeno natural, ante el cual, será obligación del Estado prevenir para evitar al máximo un desastre, porque los desastres no son naturales. El Estado actúa como el «sistema inmunológico» que sostiene al organismo en crisis, no para salvar empresas ineficientes, sino para salvaguardar la continuidad del propio ecosistema, inyectando liquidez o sosteniendo la demanda agregada cuando el mercado colapsa.
  5. Retroalimentación y legitimidad social (el sistema linfático). Una simbiosis sana requiere canales de comunicación permanentes y fluidos. El mercado, a través de los precios, el empleo y el consumo, envía señales constantes al Estado para detectar tempranamente desequilibrios o desviaciones en la economía. El Estado, a través de la participación ciudadana, el debate parlamentario y la regulación, envía señales al mercado sobre los límites éticos y sociales que no deben traspasarse (derechos laborales, protección ambiental, no discriminación). Esta retroalimentación construye legitimidad respecto a las relaciones entre trabajadores y empleadores, donde el Estado es garante y facilitador al mismo tiempo. Cuando esta retroalimentación falla, el mercado genera desigualdades extremas que erosionan la confianza social, o el Estado genera regulaciones absurdas que ahogan la iniciativa.

La aparente contradicción entre el control del Estado o la libertad de mercado plantea una falsa disputa. La historia misma da cuenta de que cuando el Estado es totalitario la burocracia colapsa (tal fue el caso de la Unión Soviética); por otra parte, cuando el libre mercado domina el capitalismo enferma a la economía.

La caída del muro de Berlín y de la URSS

Durante algunas décadas, la competencia ideológica pareció mucho más equilibrada de lo que hoy recordamos.

La Unión Soviética había pasado de ser una sociedad mayoritariamente agraria a convertirse en una potencia industrial, nuclear y espacial. Fue el primer país en colocar un satélite artificial en órbita y el primero en enviar un ser humano al espacio. Pero hacia las décadas de 1970 y 1980 comenzaron a hacerse cada vez más evidentes las limitaciones de su modelo. La economía soviética mostraba problemas crecientes de productividad, innovación, abastecimiento y capacidad para responder a las preferencias de los consumidores. La gigantesca burocracia necesaria para administrar centralmente la producción, los precios y las inversiones generaba rigideces cada vez mayores. El Estado que había demostrado una extraordinaria capacidad para industrializar rápidamente una sociedad también empezaba a mostrar el otro lado de la concentración de poder: cuando demasiadas decisiones dependen de un gobierno central, el dinamismo del mercado se vuelve incontrolable.

En 1985 llegó al poder Mijaíl Gorbachov, quien intentó reformar el sistema mediante dos conceptos que buscaban modernizar el papel del Estado: la perestroika, enfocada en la reestructuración económica, y la glásnost, orientada a generar mayor apertura y transparencia política. El propósito inicial no era destruir la Unión Soviética, sino salvarla mediante reformas que modernizaran el modelo de gobierno. Pero ocurrió algo que probablemente nadie había previsto en toda su magnitud: al aflojar el control político que había mantenido cohesionada a la estructura soviética y a sus Estados aliados, comenzaron a emerger problemas económicos acumulados, demandas democráticas, nacionalismos y movimientos independentistas que el aparato central ya no estaba dispuesto —o ya no era capaz— de contener mediante los métodos utilizados durante décadas. El Estado seguía siendo enorme, pero su capacidad real para mantener unido el sistema estaba moribundo.

 

Niños interactúan con guardias fronterizos junto al Muro de Berlín tras su caída en 1989.

Niños de Alemania Occidental interactúan con guardias fronterizos de Alemania Oriental tras la caída del Muro de Berlín en 1989. Foto: Stephen Jaffe/Hulton Archive/Getty Images, vía CNN.

 

Y entonces cayó un muro. La imagen que terminó simbolizando aquel derrumbe apareció la noche del 9 de noviembre de 1989. Durante casi tres décadas, el Muro de Berlín había dividido no sólo una ciudad, sino dos modelos de organización política. De un lado, Berlín Occidental, integrado al mundo capitalista; del otro, Berlín Oriental, perteneciente a la República Democrática Alemana y al bloque socialista. El muro había llegado a ser la representación física de la Guerra Fría. Aquella noche, después de semanas de protestas y de una sucesión de decisiones políticas confusas, las fronteras comenzaron a abrirse. Miles de alemanes atravesaron los pasos fronterizos y poco después comenzaron a derribar físicamente el muro. Un año después, Alemania estaba nuevamente reunificada.

Lo que siguió ocurrió con una rapidez extraordinaria: Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumania… uno tras otro, los regímenes comunistas de Europa oriental fueron desapareciendo. Lo que durante cuarenta años había parecido una estructura política gigantesca e inamovible comenzó a desmoronarse en cuestión de meses.

Finalmente, cayó la Unión Soviética. Durante 1990 y 1991, diferentes repúblicas soviéticas comenzaron a reclamar cada vez mayor autonomía y, posteriormente, independencia. En agosto de 1991, sectores conservadores del Partido Comunista y del aparato estatal intentaron un golpe contra Gorbachov. Fracasaron, pero el fracaso terminó acelerando aquello que pretendían impedir. El poder del gobierno soviético se debilitó todavía más mientras Boris Yeltsin y las diferentes repúblicas acumulaban autoridad. El 8 de diciembre de 1991, los dirigentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia declararon que la Unión Soviética había dejado de existir y anunciaron la creación de la Comunidad de Estados Independientes. Otras repúblicas se sumaron durante las semanas siguientes. El 25 de diciembre, Gorbachov renunció a la presidencia soviética. Después de casi setenta años, la URSS desaparecía. Y con ella desaparecía también el principal adversario político, militar e ideológico del capitalismo occidental.

Fukuyama y ¿el fin de la historia?

La caída del Muro no fue interpretada simplemente como la derrota de un gobierno. La desintegración soviética no significó solamente el fracaso de una determinada administración económica. Para buena parte de las élites intelectuales y políticas occidentales, implicaba algo mucho más grande: el experimento histórico parecía haber terminado y el capitalismo liberal había ganado la disputa ideológica.

Un joven politólogo estadounidense llamado Francis Fukuyama captó extraordinariamente bien aquel espíritu. En el verano de 1989 —incluso antes de que cayera el Muro— publicó en The National Interest un ensayo cuyo título terminaría convirtiéndose en una de las expresiones políticas más famosas de finales del siglo XX: “¿El fin de la historia?

Fukuyama no estaba diciendo que dejarían de existir guerras, crisis, gobiernos o acontecimientos históricos. Su tesis era filosóficamente más ambiciosa. Sostenía que quizá la humanidad estaba llegando al “punto final de su evolución ideológica”: después del fascismo, las monarquías autoritarias y el comunismo, la democracia liberal occidental parecía quedar como la forma de gobierno con mayor pretensión de universalidad, acompañada de una economía fundamentalmente organizada mediante mercados libres y autorregulados. Dos años después, cuando la bandera soviética dejó de ondear sobre el Kremlin, aquella hipótesis pareció adquirir la fuerza de una profecía cumplida. El capitalismo había ganado. El comunismo soviético había colapsado. El mercado había derrotado aparentemente a la planificación central del Estado. La democracia liberal había derrotado al partido único. Estados Unidos quedaba como la gran potencia mundial sin un adversario comparable. La Guerra Fría había terminado y parecía que también lo había hecho la discusión al respecto.

 

Vista aérea del Puerto de Shanghái con buques portacontenedores y terminales de carga.

Vista aérea del Puerto de Shanghái, uno de los principales centros logísticos y comerciales del mundo. Foto: Gateway Lines.

 

Durante las siguientes décadas, se mostraron fenómenos como la privatización, liberalización, desregulación y globalización que se convertirían en el glosario principal del nuevo orden internacional. Mientras Occidente celebraba el triunfo definitivo del capitalismo liberal, en Asia comenzaba a crecer silenciosamente una nueva propuesta. Un país dirigido por un Partido Comunista marxista-leninista estaba amalgamando mercados, empresa privada, capital extranjero, competencia y acumulación de riqueza, sin renunciar al control político del Estado: China. Tres décadas después se convertiría en la principal potencia industrial del planeta y en el rival estratégico más importante de Estados Unidos.

Quizá Fukuyama se había decantado prematuramente y la historia todavía no había terminado, como tampoco lo había hecho la discusión entre Estado y mercado.

Sin embargo, la hegemonía del bloque occidental, representado por el imperio norteamericano, aceleró su dominio en grandes regiones del mundo. Mediante una propuesta liberal recargada que venía impulsando desde principios de los años 70, ampliamente conocida como neoliberalismo, logró someter Estados completos en Asia, Europa y Latinoamérica con un discurso anticomunista, al mismo tiempo que las instituciones financieras como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y las grandes corporaciones privadas fueron ganando poder económico y político para influir en la desregulación estatal.

¿Cómo se transformó el mundo a partir de entonces? ¿A qué intereses respondía la propuesta neoliberal? ¿Qué consecuencias generaría desregular el mercado y debilitar el poder político del Estado?

El neoliberalismo, en pocas palabras, es la instrumentalización de las instituciones del Estado al servicio del libre mercado y del capital privado. Es un modelo económico impulsado por la Escuela de Chicago (liderada por Milton Friedman) y aplicado globalmente bajo los gobiernos de Ronald Reagan en EE.UU., y Margaret Thatcher en el Reino Unido, así como a través del Consenso de Washington. Pero esa historia te la vamos a contar en la segunda parte de esta nota.

Hasta la próxima.

Desde la mirada de…

Ricardo Guadarrama

Estratega Comercial (FMCG & Retail) — Paxia