En esta tercera entrega exploramos cómo el capital, al separarse del trabajo y del bienestar colectivo, da forma a un sistema donde la riqueza aparente crece sin sustento real. Una reflexión necesaria para repensar el papel de las empresas en la creación de valor.
En el mundo actual, pocas cosas capturan tanto la imaginación y aspiraciones empresariales como una startup que se convierte en «unicornio», es decir, una compañía que alcanza una valuación de mil millones de dólares sin haber generado ganancias reales o suficientes para lo que supuestamente vale. Celebradas como historias de éxito disruptivo, estas empresas son, en muchos casos, expresiones extremas de un fenómeno que Karl Marx ya había anticipado en el siglo XIX: la autonomía del capital respecto al trabajo y su capacidad de generar riqueza aparente sin producir valor tangible.
En el tercer tomo de El Capital, Marx observa que, en su forma más desarrollada, el capitalismo oculta su propia esencia. Las ganancias (plusvalía) ya no se presentan como resultado de la explotación del trabajo, sino como fruto del «riesgo», la «inversión» o la «innovación disruptiva». En este estadio, el capital parece producir más riqueza por arte de magia. Pero, como advierte Marx, no hay magia: hay mistificación.
Un caso evidente es el de los modelos de negocio que crecen gracias al financiamiento especulativo, sin generar utilidades ni crear empleo estable o valor estructural. Estas startups levantan rondas de inversión sobre promesas, escalando su valuación con base en expectativas futuras. No importa cuánto ganan, si no cuánto se cree que podrán ganar. Mientras tanto, en el presente, sus empleados “trabajan”, sin crear valor, y los consumidores son utilizados como base de datos y no como personas.
Marx llamó a esto la autonomización del capital financiero. Es decir, el dinero que se reproduce a sí mismo sin pasar por la producción real. Hoy lo vemos en mercados bursátiles, en la valorización de criptomonedas, en el boom de las fintechs, y en burbujas digitales que estallan, dejando tras de sí pérdidas humanas, laborales y sociales. Cuando la forma del capital se divorcia de su fondo productivo, la economía deja de responder al trabajo, a la ecología y al bienestar. Solo obedece a la especulación financiera.
Otra de las revelaciones clave de Marx en este tomo es que el capital tiende a concentrarse en formas cada vez más sofisticadas de apropiación, por ejemplo: la renta del suelo, el interés financiero o la ganancia ficticia. En el mundo actual, vemos eso en plataformas tecnológicas que no producen contenido, pero monetizan la atención de los usuarios; en inmobiliarias que especulan con el precio de la tierra urbana sin construir un solo muro; o en fondos de inversión que ganan con activos intangibles sin mejorar la vida de nadie más que de sus accionistas.
Y como lo advirtió Marx, estas lógicas nos acercan inevitablemente a la crisis de las economías. Porque si bien el capital puede circular sin producir algo durante un tiempo, eventualmente, choca con sus propios límites: consumidores sin poder adquisitivo, mercados saturados de deuda, sistemas financieros inestables y desigualdades que minan la cohesión social.
Entonces, ¿qué podemos hacer desde la mirada empresarial y comercial? No se trata de satanizar la naturaleza del capital, se trata de recuperar el vínculo entre valor y trabajo, entre inversión y sostenibilidad, entre ganancia y beneficio compartido. Empecemos por reconocer y cuestionar los modelos de negocio que crecen sin generar bienestar. Podemos apostar por negocios que no sólo escalen las ganancias, sino que distribuyan los beneficios. Además, es indispensable medir el éxito empresarial no sólo en valorización bursátil, sino en empleo digno, impacto ambiental y aporte real a la sociedad.
Releer a Marx en esta era de los “unicornios” empresariales puede parecer provocador, pero también puede ser revelador. A continuación, te comparto cinco ideas clave del tercer tomo de El Capital, conectadas directamente con fenómenos actuales, para que su relevancia se vuelva tangible:
La ganancia aparece desligada de la explotación del trabajo. En la economía moderna, los ingresos parecen venir del «ingenio» o de la «disrupción»; pero muchas de las grandes plataformas tecnológicas obtienen ganancias de esquemas laborales terciarizados, algoritmos que manipulan el comportamiento social y monetización de datos personales. Marx explicó que, en el capitalismo avanzado, la explotación se oculta bajo formas amables. Hoy, las apps «gratuitas» esconden modelos extractivos, no del trabajo manual, sino del tiempo y la atención.
La tendencia decreciente de la tasa de ganancia. A medida que las empresas automatizan procesos y reducen su dependencia del trabajo humano, también debilitan su base de creación de valor. Esto explica por qué, a pesar de grandes avances tecnológicos, muchas economías, como la de los países europeos, enfrentan estancamiento económico, desempleo estructural y reducción en la tasa de natalidad. Marx anticipó esta paradoja: producir más con menos trabajo lleva a una crisis de rentabilidad y de consumo.
La autonomización del capital financiero. En la economía global, los flujos de capital se mueven a velocidades digitales y fuera de control democrático —o del Estado que representan los gobiernos—, generando ganancias sobre activos financieros que nada tienen que ver con la economía real basada en el trabajo. El ejemplo más nítido son los fondos de inversión que ganan dinero apostando a la fluctuación del valor de monedas o acciones, sin crear ni un solo empleo; al más puro estilo de El Lobo de Wall Street. Para Marx, esta autonomía del capital era una señal de descomposición: cuando el dinero ya no necesita pasar por la producción, se transforma en un hechizo que puede romperse en cualquier momento.
La renta como captura de valor sin producirlo. Fondos como BlackRock y The Vanguard Group han comprado miles de propiedades en ciudades como Toronto, Berlín o Ciudad de México con el objetivo de especular financieramente con viviendas vacías o precios de renta inalcanzables. En estas y otras ciudades, el acceso a la vivienda está determinado no por el costo de construcción, sino por la especulación del suelo. Inversionistas y fondos inmobiliarios compran propiedades únicamente para esperar que suban de precio. Marx explicó que este tipo de renta no produce valor, sólo lo extrae de la necesidad humana. Es una forma de ingreso pasivo que frena la movilidad social y acrecienta la desigualdad.
La crisis como consecuencia inevitable. En países del sur global, el pago de intereses de deuda externa absorbe una parte significativa del presupuesto público; además, la enorme influencia que ejercen los acreedores —como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional fondeados por los megabancos— en las políticas públicas para privatizar industrias, explotar recursos o reducir el gasto social, benefician al capital financiero de pocos a costa del deterioro de los derechos humanos de las masas. Lejos de ser un accidente, la crisis es parte del ciclo del capital. Cuando se produce más de lo que se puede vender, cuando la deuda sustituye al ingreso real, cuando el consumo se sostiene artificialmente, el sistema entra en tensión. Las crisis financieras, las burbujas tecnológicas, el colapso ambiental y las revueltas sociales son manifestaciones de estas contradicciones.
Capitalismo acumulativo: el cáncer social
Para quienes ven el sistema capitalista como una fuerza neutra o incluso benéfica, la crítica marxista puede parecer exagerada o ideológica. Pero si miramos su comportamiento sistémico desde otro enfoque —el de la biología—, quizá podamos comprender su dinámica con más claridad.
El capital, en su forma avanzada, se comporta como un cáncer dentro del cuerpo social. Se autonomiza del trabajo y de la producción real, crece sin control, consume recursos esenciales y, lo más alarmante, se disfraza de normalidad. Como una célula cancerosa que ya no cumple su función dentro del organismo, el capital especulativo se reproduce a sí mismo sin contribuir al equilibrio general y lo hace robando sangre, energía y tiempo de los tejidos que sostienen la vida colectiva: el trabajo, el medio ambiente, la salud, la educación y las diversas culturas.
Igual que el cáncer, el capital desregulado no conoce límites. Hace metástasis e invade todos los espacios del tejido social: el agua, el suelo, los datos personales, la atención de las personas, la genética, el arte, los afectos, la inteligencia y el pensamiento. Expande su lógica a todos los rincones de la experiencia humana, incluso aquellos que nunca deberían estar a la venta.
Y como sucede con el cáncer en el cuerpo humano, si no se regula a tiempo, termina matando el sistema que lo sostiene. El sistema capitalista, en su afán por maximizar ganancias y acumular beneficios, destruye el equilibrio social, la capacidad de consumo, el hábitat natural, y la legitimidad de las instituciones.
Afortunadamente, así como existen terapias curativas que no sólo atacan las células enfermas, sino que restauran la capacidad del cuerpo para autorregularse y vivir, también es posible pensar, diseñar e impulsar una economía que reconecte el capital con el trabajo, la inversión con el bienestar y la innovación con la equidad. No se trata de eliminar el capital, sino de curar su impulso destructivo.
Marx, en este sentido, no es un enemigo de la economía. Es un médico del cuerpo social que nos advierte que no todo crecimiento es saludable, que no toda ganancia es legítima, y que una sociedad sana es aquella donde el valor se crea, se comparte y se reinvierte en la vida.
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