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¿Y si Marx tenía razón? Una mirada sin prejuicios al corazón del capitalismo — Pt. 1

Durante décadas, las ideas de Karl Marx han sido motivo de controversia, pero también de profunda reflexión. Más allá de ideologías, su crítica al capitalismo —especialmente en torno a la explotación del trabajo— sigue siendo inquietantemente vigente. En esta primera parte, exploramos cómo su pensamiento puede ayudarnos a comprender las desigualdades, contradicciones y tensiones del sistema económico actual, invitándonos a observarlo sin prejuicios, con ojos críticos y mente abierta.


¿Estamos listos para cuestionar el sistema que habitamos?

La explotación del trabajo

Durante décadas, Carlos Enrique Marx o Karl Marx (1818-1883), ha sido un nombre que genera reacciones viscerales como admiración, rechazo o sospecha. Las conversaciones casuales y superficiales relacionadas con economía y negocios se convierten en encendidos debates o en prolongadas enemistades cuando se menciona algo acerca de la obra de este filósofo, economista, sociólogo, historiador, periodista, intelectual y político de origen alemán. Para algunos, es el padre del comunismo y de los regímenes autoritarios que lo invocaron, principalmente la desaparecida Unión Soviética (1922) o la República Popular China (1948); para otros, es un filósofo que supo ver las entrañas de un sistema económico que empezaba a dominar al mundo y que parecía invencible: el capitalismo. Más allá de las etiquetas ideológicas o de las caricaturas políticas de las cuales ha sido objeto, hay una verdad incómoda y poderosa: las ideas de Marx, especialmente las del primer tomo de El Capital, siguen siendo profundamente actuales y cobran una enorme relevancia para poder comprender la coyuntura del mundo moderno.

Para entender la obra de Marx es esencial conocer el contexto histórico e intelectual que le dio origen. El surgimiento de la burguesía como clase dominante no fue casual, sino el resultado de un largo proceso histórico que comenzó con la decadencia del feudalismo en Europa. Entre los siglos XV y XVIII, los cambios en la producción agraria, el auge del comercio y la expansión colonial permitieron el ascenso de comerciantes, artesanos y banqueros que, poco a poco, fueron consolidando poder económico y desplazando a la nobleza feudal principalmente en Europa.

Las revoluciones burguesas, como la Revolución Francesa (1789), marcaron un punto de quiebre: el poder ya no se justificaba por el linaje, sino por la propiedad y el capital. El movimiento intelectual conocido como La Ilustración, impulsado con pensadores como Locke, Montesquieu, Rousseau y Adam Smith, proporcionó la base filosófica para impulsar los cambios en las formas de pensamiento. Esta corriente exaltaba la razón, el individuo, el libre comercio y la propiedad privada como pilares de una nueva sociedad.

En este contexto, Karl Marx, formado en filosofía y economía, recogió y revolucionó estas ideas. Estudió a fondo a los economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo, pero también a los pensadores hegelianos y a los socialistas utópicos de su tiempo. Desde una visión materialista de la historia, concluyó que el capitalismo, lejos de ser el fin de la historia, es un sistema histórico más, con sus propias contradicciones.

La tesis central del primer tomo de El Capital es sencilla y brutal: el capitalismo se basa en la explotación del trabajo humano. Claro, dicho así, suena a panfleto con propaganda anticapitalista, pero si nos apartamos del dogma y abrimos la mente para analizar esta tesis con más calma, descubriremos que la crítica de Marx va más allá de una consigna. Es una radiografía minuciosa del corazón del sistema económico moderno.

Vivimos en un mundo donde 8 personas tienen más riqueza que la mitad de la población mundial (según el informe publicado por Oxfam en 2017 titulado “Una economía para el 99%”) y donde el acceso a salud, educación o vivienda digna está condicionado por el ingreso económico. Además, el modelo capitalista globalizado ha mostrado su fragilidad ante pandemias, guerras, inflación y crisis ambientales recurrentes cada vez más devastadoras sin que el sistema ofrezca soluciones de fondo y sostenibles. Cuando una familia debe elegir entre comprar medicamentos o comida, o cuando los gobiernos neoliberales salvan bancos, pero no la precaria economía de los hogares endeudados —como fue el caso del FOBAPROA de 1995 en México o el “rescate inmobiliario” del 2008 en EE.UU.—, se evidencian las fallas estructurales que Marx denunció: el capitalismo no prioriza las necesidades humanas, sino la acumulación de capital.

¿Quiénes son esos ocho mega millonarios?

En 2017, Oxfam publicó un informe en el que señalaba que la riqueza acumulada por estas ocho personas era equivalente a la de 3,600 millones de personas en el mundo.

Bill Gates

Microsoft

Amancio Ortega

Inditex

Warren Buffett

Berkshire Hathaway

Carlos Slim

Telmex y América Móvil

Jeff Bezos

Amazon

Mark Zuckerberg

Meta

Larry Ellison

Oracle

Michael Bloomberg

Negocios y Política

Para Marx, el trabajador vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario, pero produce más valor del que recibe. Esa diferencia, que él llama «plusvalía», es la fuente de la ganancia capitalista. Entiendo que decirlo así de claro para muchos ejecutivos y empresarios de todas las industrias y tamaños puede ser incómodo, pero no hay trampa, ni necesidad de malicia en la afirmación: la plusvalía es una mecánica estructural del sistema capitalista.

Hoy, en pleno siglo XXI, podemos ver este principio operando con claridad en los modelos de negocio de las plataformas digitales de entrega a domicilio. Estas empresas, que valen miles de millones de dólares, dependen de trabajadores con jornadas de doce horas al día, sin seguro social, sin contrato fijo y con ingresos variables muy limitados. Su esfuerzo sostiene el sistema, pero sus condiciones de vida apenas mejoran y los riesgos de trabajo los asume plenamente el trabajador. Marx explicó este fenómeno con claridad: la riqueza de unos pocos depende del trabajo precarizado de muchos.

Marx también desmonta la idea de que el trabajador elige libremente su condición. Argumenta que, aceptar un empleo no es una expresión de libertad plena, sino una decisión condicionada por la necesidad de sobrevivencia. Hoy lo vemos cuando jóvenes calificados aceptan trabajos mal pagados o informales, no porque los mueva su vocación o convicción, sino porque no hay otras opciones. Esa «libertad» que tanto se celebra en el discurso capitalista, en muchos casos, es una libertad sin alternativas reales. Esto es lo que Marx definió como “la falacia del contrato libre”.

Otro fenómeno que engendra el sistema capitalista es la degradación del significado profundo del trabajo que ocurre cuando los profesionistas egresados de las universidades, ven el trabajo como un simple medio para ganar dinero y terminan empleándose para formar parte de la masa burocrática en instituciones públicas o empresas privadas sin propósito ni valor, donde la meritocracia y la zalamería son los medios para escalar en la pirámide organizacional y así, aspirar a un mejor salario.

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En su análisis, Marx acuñó el término “fetichismo de la mercancía”, el cual, en términos simples, significa que vemos a los productos como objetos con valor propio, sin considerar las relaciones sociales y de explotación de recursos que los hicieron posibles. Compramos ropa, electrónicos o alimentos sin preguntarnos quién lo hizo, en qué condiciones, ni a qué costo ambiental o social. Cuando compramos una prenda de marca por 5,000 pesos, no sabemos y pasamos por alto, que probablemente fue confeccionada por una mujer en Bangladesh que gana menos de un dólar al día. Esta desconexión emocional y cognitiva del origen del producto es lo que Marx definió como fetichismo: los objetos ocultan la realidad de las personas.

Pero quizá su aporte más potente sea la comprensión de que, bajo la dinámica natural del sistema, el capital tiende a concentrarse. Quien tiene más, puede invertir más, ganar más y protegerse mejor. Quien tiene menos, queda a merced de un sistema que castiga la pobreza y premia la acumulación. La creciente desigualdad global, el acceso diferenciado a salud, educación y tecnología, e incluso el desequilibrio ecológico, son manifestaciones concretas de esta dinámica. Cuando los salarios se estancan, pero los bienes y servicios suben de precio y, al mismo tiempo, las fortunas de los millonarios crecen exponencialmente (como sucedió durante la pandemia entre 2020 y 2022), se cumple lo que Marx advirtió: el capital se reproduce a sí mismo, excluyendo a las mayorías trabajadoras y al producto del trabajo.

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Este no es un llamado a adoptar dogmas anticapitalistas, ni a encender un debate sin sentido. Es una invitación a cuestionarnos y observar el sistema que habitamos con ojos críticos, sin prejuicios ni miedos. Marx no ofrece recetas ni propuestas tajantes, pero sus preguntas siguen siendo esenciales: ¿Quién produce la riqueza? ¿Cómo se distribuye la riqueza? ¿A qué costo humano y ambiental producimos bienes y servicios? Y la más importante: ¿es posible otra forma de organizar la economía para entregar bienestar material a las próximas generaciones, poniendo en prioridad la vida del planeta y de todos quienes lo habitamos?

Investigar y leer sobre la vida y obra de Marx hoy no significa suscribir un manifiesto o llamar a la sublevación de las clases trabajadoras contra los empresarios dueños de los medios de producción. Significa conocer y recuperar una herramienta de pensamiento para entender por qué el mundo funciona como lo hace y empezar a imaginar cómo podría moverse de otra manera.

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Hasta la próxima.

Desde la mirada de…

Ricardo Guadarrama

Estratega Comercial (FMCG & Retail) — Paxia

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